El maíz de FIERRO (I): origen, nixtamalización y su llegada a Argentina

Un grano con más de 5.000 años de historia

El maíz es memoria genética y cultural convertida en alimento. Los registros más antiguos de su variedad silvestre, el teocintle, datan de hace unos 5.550 años. A diferencia de sus descendientes domesticados, el teocintle no puede reproducirse por sí mismo sin la intervención humana, pero a cambio ofrece una generosidad asombrosa: un solo grano puede llegar a producir hasta 300 nuevos granos.

Esa relación de dependencia mutua entre el maíz y quienes lo cultivan es, quizás, la primera gran lección que este ingrediente nos deja: ningún alimento con historia crece solo. Detrás de cada mazorca hay generaciones de manos y territorio.

Nixtamalización: la técnica que transformó el maíz en nutrición

Cosechar y desgranar la mazorca fue solo el primer paso, el salto llegó con la nixtamalización, una técnica ancestral pensada para aprovechar al máximo este producto.

El proceso consiste en cocinar los granos secos durante la noche, al calor del fogón, en agua con cal. Este método, aparentemente sencillo, desencadena procesos químicos determinantes:

  • Facilita la molienda de los granos para obtener masa.
  • Altera las propiedades nutricionales del maíz, liberando su potencial nutritivo (como la niacina, antes no asimilable).
  • Sienta las bases de toda la gastronomía derivada del maíz: tortillas, humitas, tamales, arepas y mucho más.

Las primeras referencias documentadas de esta técnica se ubican en Guatemala, hace aproximadamente 3.000 años. Es decir: mucho antes de que existiera cualquier restaurante, ya existía la inteligencia colectiva para transformar un grano en sustento.

El maíz llega a Argentina: de Mesoamérica al Cono Sur

El maíz se extendió hacia el sur mucho antes de la llegada europea, siguiendo corredores de intercambio que atravesaban los Andes centrales. Su llegada al Noroeste argentino (actuales provincias de Jujuy, Salta y Catamarca) está documentada arqueológicamente en yacimientos como Inca Cueva y Huachichocana, en la Quebrada de Humahuaca, con evidencia de cultivo que se remonta a varios milenios atrás. Allí, el maíz se integró en una agricultura ya consolidada junto a la papa, la quinoa y el poroto, dentro de las culturas agroalfareras que precedieron al Imperio Inca y que este último, más tarde, terminó de integrar en su red de producción y almacenamiento (los conocidos collcas o depósitos de granos).

Con la conquista española, el maíz americano se cruzó con nuevos productos y técnicas como el trigo, la ganadería vacuna o el uso del hierro, dando forma a un recetario criollo que sigue vivo: la humita en chala, el locro, la mazamorra, el tamal. Un ingrediente indígena que se volvió columna vertebral de la cocina popular argentina, de norte a sur.

Los campos camino a Río Cuarto

El segundo gran capítulo de esta historia se escribe siglos después, y a cientos de kilómetros al sur del NOA: en la Pampa Húmeda, la llanura fértil que atraviesa Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y La Pampa, y que convirtió a la Argentina en una de las principales potencias mundiales en producción y exportación de maíz.

Córdoba es, dentro de ese mapa, una de las provincias con mayor superficie sembrada del país, y Río Cuarto, en el sur provincial, forma parte de lo que en el sector agropecuario se conoce como la zona núcleo maicera: tierra negra, profunda, sin piedras, trabajada primero por los pueblos originarios y luego, desde fines del siglo XIX, por las colonias agrícolas de inmigrantes —muchas de ellas piamontesas e italianas— que llegaron a poblar la región junto a las líneas del ferrocarril.

Quien recorre esa ruta reconoce el mismo paisaje repetido hasta el horizonte: chacras que se extienden sin cerco visible, el verde intenso de la planta en enero, el amarillo de la mazorca madura entrado marzo, las cosechadoras trabajando durante la trilla de otoño, y una imagen muy propia del campo argentino: los silobolsa, esas grandes fundas blancas tendidas sobre la tierra donde se almacena el grano recién cosechado a la espera de su traslado. Es un territorio que respira maíz: en el trabajo de la tierra, en la vida de los pueblos, en la economía de las cooperativas agrícolas que sostienen la zona desde hace más de un siglo.

Ese paisaje es, también, memoria sensorial: antes de ser un ingrediente en un plato, el maíz fue trabajo de la tierra y paisaje de un camino recorrido muchas veces.

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